Hoy fuimos a recoger a Pablo a la guardería, y al llegar, la seño nos pidió que pasáramos un momento a la clase para explicarnos algo sobre un festival, sobre unos disfraces, etc. que estaban organizando.
Recorrimos el pasillo y entramos en el aula de Pablo. Durante los primeros cinco segundos nadie reparó en nosotros. Allí estaban esos cachorros humanos, uniformados con idéntico chandal, todos iguales, moco arriba moco abajo. Me acordé de Serrat, porque aquella congregación de personillas era lo más parecido a una reunión de pequeños loquetes. Algunos jugaban en el suelo; una niña le tocaba a otra la oreja, y la otra a la una la nariz; un canijo con gafillas miraba el techo, enfocando, como si esperara que pasara un avión; era sorprendente que en aquella sala apenas se oyera jaleo, cuando en casa, sólo dos individuos de esta especie son capaces de formar una revolución.
Cuando uno de aquellos loquetes reparó en nuestra presencia, soltó un gritillo a modo de alerta, que sirvió para que el resto de miembros de su especie, sin dejar de hacer sus labores de loquete, giraran todos la cabeza hacia el lugar en el que nos encontrábamos. Había visto algo parecido en un reportaje de La2, que hablaba de los suricatas.

Por la reacción que presencié segundos después, llegué a la conclusión de que pudiera ser, quizás, no lo sé… pero es posible que algunos de aquellos loquetes llevaran un tiempo encerrados en aquella aula, porque vinieron hacia nosotros como si fueran mini-walkingdeads, y se agarraron a nuestras piernas, sin llegar a mordernos, susurrando cosas como “mi papá, mi mamá, …” No llegué a pasar miedo, aunque al ver cómo crecía el grupo alrededor de nosotros y nos estiraban de la ropa, algo de claustrofobia sí que me dio.
Uno de aquellos mini-seres comenzó a abrirse paso entre todos, avanzando a medida que apartaba rivales, voceando palabras como “no son vuestros, son míos, ese es mi papáaa”. Efectivamente, ese pequeño alocado era mi hijo. Me cogió de la mano y me llevó a un lugar más seguro, sorteando piezas de colores, un taburete y juguetes varios; se notaba que conocía el terreno. Incluso me pareció percibir esas señales de olor que dejan los machos al marcar el territorio; tan pequeños… y tan territoriales.
-A qué huele, Pablo?
-Ha sido Rubén, que ha marcado el territorio. Se le ha escapado.
Mientras su madre hablaba con la seño, a escasos metros de nosotros pero en otra dimensión espacio-tiempo, yo me agaché para hablar con Pablo, y este me correspondió con un abrazo brutal que casi me ahoga. Fue un gesto hacia el resto del grupo, como queriendo decir: ojito, que conozco a este adulto grande como si fuera mi padre. Vi algo parecido en otro reportaje de La2, sobre los chimpancés. A Pablo sólo le faltó el gesto de despiojarme un poco la cabeza.

Entonces, habló con su lengua de trapo y me dijo: “papá, ven; mira, son mis novias: Carla, Marta y María”. Me las presentó a la tres, con su nombre y apellidos. Todo muy formal.
Y desde la otra dimensión, la señó dijo: ale, Pablo! que te vas con los papis, eh?
Y Pablo, presumiendo de novias, me preguntó delante de la seño y de su madre: papá, ¿tú cuantas novias tienes?